Psicopatologia
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Psicopatologia

Sep 25, 2016 Dr. Fernando Sarráis
Psicopatologia
Psicopatologia, por Fernando Sarráis

Autor: Fernando Sarráis
ISBN: 978-84-3132-888-7
Colección
: Astrolabio Salud
Editorial: EUNSA
Año: 2016
Páginas: 449
Precio: 30,00 €

Muestra de contenido

ÍNDICE

1. Concepto y objeto de la psicopatología
2. El método de estudio de la psicopatología
3. Psicopatología de la percepción
4. Psicopatología del pensamiento
5. Psicopatología del lenguaje
6. Psicopatología de la memoria
7. Psicopatología de la afectividad
8. Psicopatología de la inteligencia
9. Psicopatología de la conciencia
10. Psicopatología de la psicomotricidad
11. Psicopatología de la sexualidad
12. Psicopatología de la agresividad
13. Psicopatología de la alimentación
14. Psicopatología del sueño
15. Psicopatología del control de los impulsos
16. Psicopatología del instinto de supervivencia: el suicidio
17. Psicopatología de la personalidad
18. Anexo: clasificación de los trastornos psiquiátricos
19. Bibliografía

Prefacio

La vida de todo ser humano está confeccionada con alegrías y penas. El sufrimiento es un compañero constante de toda persona durante la vida. Uno de los focos de sufrimiento más frecuente es el estado mental negativo y patológico. Por esta razón, conocer y entender bien la psicopatología puede ayudar a curar, prevenir y aliviar el sufrimiento humano.

En las últimas décadas se ha producido un gigantesco avance en el conocimiento de la fisiopatología humana, que ha permitido curar y aliviar muchos males físicos. En cambio no se ha dado un avance proporcionado en el conocimiento de la psicopatología humana. Este texto es un pequeño grano que aportar para hacer un buen granero.

Contraportada

Se repite una y otra vez que el siglo XXI es el siglo de las neurociencias, del descubrimiento del funcionamiento de la mente humana. Se ha avanzado mucho en ese objetivo pero aún queda mucho camino por recorrer.

Este libro quiere aportar su grano de arena a ese ambicioso proyecto ilustrando cómo es el funcionamiento patológico de la mente, que es la versión negativa del funcionamiento sano. Un buen conocimiento de la mente humana exige un buen conocimiento de amabas versiones, la sana y la enferma.

La psicopatología que se explica en este manual tiene como objetivo describir y explicar lo mejor posible los síntomas y signos del funcionamiento anormal de la mente, que configuran los síndromes psiquiátricos o enfermedades mentales, que causan un gran sufrimiento a los sujetos que los padecen y a todas las personas de su entorno.

Hay ya muchos y buenos manuales y textos de psicopatología, el objetivo de este manual es aportar un poco más a los anteriores, en concreto se ha añadido una explicación sencilla y clara de los síntomas para que lo puedan entender todo tipo de personas y con una explicación persona y práctica de su origen y consecuencias, que son fruto de 30 años ejercicio profesional de con enfermos mentales en una Clínica Universitaria.

1. CONCEPTO Y OBJETO DE LA PSICOPATOLOGÍA

1.1. Conceptos de salud y enfermedad mental
1.2. Definición de salud mental
1.3. Características del estado de salud y enfermedad mental
1.4. Corrientes teóricas explicativas del enfermar mental
1.5. Salud y enfermedad mental en la infancia

1.1. Conceptos de salud y enfermedad mental

La psicopatología es la rama de la psicología que estudia los síntomas psíquicos y los signos de conducta que presentan los sujetos que tienen una enfermedad mental, o que acompañan a las enfermedades físicas, o son secundarios a los tratamientos farmacológicos de las enfermedades.

El estudio de las enfermedades o síndromes mentales, que reúnen un conjunto de síntomas y signos psicopatológicos, es objeto de la psicología clínica y de la psiquiatría. La principal diferencia entre estas dos últimas está en que la psiquiatría emplea fármacos psicoactivos en el tratamiento.

En la actualidad, en psicología clínica, la expresión enfermedades mentales ha sido sustituida por la de “trastornos mentales”. El diagnóstico de los trastornos mentales se basa en los criterios establecidos por consenso entre expertos en la materia. La aplicación concreta de tales criterios para realizar el diagnóstico de cada paciente depende del médico que le trata; en ocasiones, esa aplicación no es fácil y el médico ha de limitarse a establecer una impresión diagnóstica provisional, a la espera de que la evolución y la respuesta a los tratamientos aporten información suficiente para establecer el diagnóstico definitivo.

Los trastornos mentales tienen dos características generales, que pueden presentarse juntas o separadas: una es el intenso sufrimiento psíquico del paciente, que le dificulta seriamente su vida normal; la otra es la generación de sufrimiento en las personas de su entorno, pues las conductas patológicas les infligen daño físico o psicológico, y les dificulta seriamente la convivencia con el paciente.

En la delimitación de la frontera entre la salud y la enfermedad mental se han utilizado varios criterios: subjetivos (sensación personal), objetivos (resultados de pruebas biológicas), sociales (criterios de normalidad de conducta) y profesionales (criterios diagnósticos consensuados).

El criterio de malestar subjetivo es el que lleva a las personas a acudir a un especialista para que le estudie y le trate. En general, cada persona tiene un conocimiento implícito de su estado mental y se considera sano o enfermo. Algo parecido ocurre con la conciencia del estado de salud física. Hay, sin embargo, casos de enfermedad mental en los que personas gravemente enfermas consideran que están muy sanas. No tener conciencia de la propia enfermedad es signo de mayor gravedad, se enmarca en la llamada “pérdida del sentido de la realidad”, y suele darse en las enfermedades psicóticas. Por el contrario, tener una buena conciencia de enfermedad suele ser un signo de mejor pronóstico.

Los criterios objetivos y científicos tampoco permiten definir con claridad los conceptos de salud y enfermedad en psicopatología. La salud mental no es sinónimo de normalidad, entendida como apariencia y comportamiento normales, pues a veces las personas no exteriorizan su enfermedad y aparentan ser normales, mientras que por dentro sufren de modo anormal. En estos casos se suele decir que “la enfermedad va por dentro”. Desde hace decenios, la antipsiquiatría viene acusando a la medicina oficial de crear etiquetas de enfermedades mentales, con la finalidad de servir los intereses de los grupos de poder, entre los que se cuentan la industria farmacéutica (que quiere vender fármacos y necesita enfermos que los compren), y los políticos (cuando se proponen descalificar y marginar a personas que van contra el statu quo).

La sana ética profesional impele a los profesionales de la salud mental a esforzarse en seguir al día en los conocimientos y aplicaciones de los criterios de salud y enfermedad mental, para que puedan actuar a modo de árbitros en el diagnóstico de las personas en las que se dan las características básicas de los trastornos mentales: sufrir o hacer sufrir de modo habitual.

Al final de este texto se recogen los dos listados de enfermedades mentales más utilizados, que son fruto del consenso de los profesionales de la salud mental.

1.2. Definición de salud mental

Aunque el objeto de la psicopatología es la enfermedad mental, nos conviene antes, para delimitar y clarificar bien este objeto, clarificar su cara opuesta: la salud mental. Con esta finalidad se recogen a continuación algunas de las definiciones de salud mental más difundidas:

a) La salud mental es la normalidad psíquica: esta es la característica psicológica que poseen los individuos considerados normales por la media de la población general.
Los expertos que se oponen a esta definición afirman que el promedio estadístico no es válido porque en algunos ambientes sería más normal tener algunos síntomas psicopatológicos que no tenerlos: así ocurre, por ejemplo, con la ansiedad o estrés que se da en los ejecutivos; o con el miedo a suspender y la ansiedad de expectación en tiempo de exámenes en los estudiante. Además, aplicando esa definición, resultaría que serían anormales, y por tanto enfermas, las personas que son más bondadosas, trabajadoras, honradas o tienen alguna otra cualidad positiva por encima de la media. Por otra parte, el ideal de normalidad puede variar de unas épocas a otras y de unas culturas a otras haciendo de este concepto algo relativo.

Este concepto sería aún más confuso en el caso de los niños, pues en ellos las características de normalidad son más difíciles de establecer que en los adultos y hasta los expertos tienen más dificultad para considerar si un niño es normal. Los niños tienen reacciones, emociones y conductas que no serían normales en un adulto, pues hay comportamientos que pueden ser normales a cierta edad y anormales en otra.

b) La salud mental es la ausencia tanto de alguna de las enfermedades  (síndromes) recogidas en los manuales de clasificación (CIE-10 y DSM-5), como de síntomas psíquicos molestos y de formas desadaptadas de conducta.

Esta definición es la que se utiliza entre los profesionales de la salud mental, pues ha demostrado ser práctica y útil para el diagnóstico y tratamiento de los enfermos mentales.

c) La salud mental sería algo más que ausencia de enfermedad, pues supone tener un sentimiento habitual de bienestar y disponer de la facultad de ejercer plenamente las capacidades físicas, emocionales e intelectuales.

En la sociedad occidental, muy focalizada en la búsqueda del bienestar, de la calidad de vida y de la excelencia, el concepto de salud se ha venido enriqueciendo hasta convertirse en un ideal difícil de alcanzar. En esta línea, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como “un estado de completo bienestar físico, psíquico y social, y no simplemente la ausencia de síntomas o de enfermedades”. Esta situación personal es difícil de lograr en la realidad, sobre todo en el plano psíquico y social, pues supone la ausencia de toda idea o afecto inquietante o negativo y de todo conflicto interpersonal, cosa que es casi una utopía.

d) Algunos autores afirman que los términos salud y enfermedad no son categóricos, es decir, entidades cualitativamente diferentes, sino que son una misma cosa, una única dimensión, pero con una diferencia cuantitativa. Para estos autores hay grados de salud y grados de enfermedad mental. Así pues, la salud no sería un estado absoluto sino relativo, de modo que se está más o menos sano y enfermo.

e) Finalmente, otros autores afirman que la salud mental consiste en la capacidad para lograr una adaptación adecuada a las distintas circunstancias y problemas de la vida. Esta definición, que se enmarca en el concepto de “competencia” en las relaciones con el ambiente, permite hacer una valoración de la salud en función de comportamientos visibles y mensurables, lo que posibilitaría realizar estudios experimentales sobre la salud y la enfermedad. Los críticos de esta definición basan su oposición en la dificultad de medir la “adecuación” de la adaptación vital.

1.3. Características del estado de salud y enfermedad mental

Está claro que los conceptos de salud y enfermedad mental escapan a una definición adecuada y satisfactoria para todos. Solo cabe definirlas de forma parcial y en relación con la visión antropológica dominante en cada época histórica, en cada cultura y entre los expertos que deben fijar los criterios de enfermedad. No es extraño, pues, que se den fuertes diferencias entre las concepciones del hombre a que han llegado los autores psicoanalistas, conductistas, fenómenologistas, cognitivistas, biologicistas, personalistas, o humanistas, por citar algunas de las corrientes psicológicas principales.

Ante el fracaso de identificar y definir unos conceptos que fueran aceptable para todos, algunos autores han optado por describir las características de cada uno de los dos estados opuestos de salud y enfermedad mental, que se exponen brevemente a continuación.

  • Desde un punto de vista vivencial (introspectivo), la salud coincide con la vivencia de un sentimiento de seguridad, tranquilidad y disfrute mientras que en la enfermedad el sujeto experimenta vivencias de sufrimiento, debilidad y temor.
  • Desde una perspectiva psicológica y conductual, lo característico de una persona con salud mental consiste en poseer un conocimiento de sí mismo verdadero o realista, un buen autocontrol y una adecuada autonomía personal.
  • Desde un punto de vista externo (observacional), las características de la enfermedad son el estrechamiento del universo vital que resulta de concentrarse en el sufrimiento y las limitaciones vitales que la enfermedad produce; el  egocentrismo y una actitud en que se mezclan la tiranía (exigencias de ayuda) y la dependencia (sumisión) respecto a los demás. Es un estado psíquico parecido al de los niños pequeños, y, por eso, a este cambio de actitud vital del enfermo se ha llamado “regresión infantil”.
  • En la clínica práctica es habitual establecer el límite entre salud y enfermedad mental con la ayuda de varios criterios (Tabla 1).
Tabla 1. Criterios de salud y enfermedad mental
  • Salud: ausencia de patología, es decir, de síndromes clínicos recogidos en los manuales de enfermedades, lo que supone una integración armónica de los distintos rasgos de la personalidad y un equilibrio psicológico entre razón, voluntad y afectividad. Este equilibrio se manifiesta en una percepción no distorsionada de la realidad, que permite una buena adaptación al entorno y evita los conflictos interpersonales.
  • Enfermedad: presencia de síntomas y signos clínicos, en un  determinado momento evolutivo y en un contexto sociocultural. Suponen un desequilibrio psicológico interno que, además de acompañarse de intenso sufrimiento, impide cumplir las tareas normales de la vida y establecer relaciones interpersonales agradables.

1.4. Corrientes teóricas explicativas del enfermar mental

Desde el inicio de la psicología como ciencia independiente de la filosofía a finales del siglo XIX, la mayoría de los investigadores se han agrupado en varias corrientes teóricas. Cada una de ellas ofrece una particular explicación del funcionamiento mental del ser humano y del enfermar mental, al tiempo que subraya conocimientos parciales del funcionamiento psíquico normal y patológico.

Las principales corrientes teóricas en psicología son la biologicista, la psicodinámica, la conductista, la psicosocial y la fenomenológica. Las características de cada una de ellas se recogen por extenso en todos los manuales de psicología y psiquiatría, por lo que, en honor de la brevedad, serán someramente expuestas en este apartado.

  • La corriente biologicista u organicista afirma que la salud y la enfermedad mentales dependen de como funcione el cerebro, un órgano que está determinado por factores genéticos, metabólicos y endocrinos, lo mismo que por agentes externos que pueden interferir sobre la función cerebral (nutrientes, sustancias tóxicas, medicamentos, infecciones y traumatismos).
  • La corriente psicodinámica o analítica afirma que el funcionamiento psíquico depende de ciertas fuerzas instintivas inconscientes que buscan la satisfacción de  las necesidades naturales. La facilidad o dificultad que los agentes sociales pongan a la satisfacción placentera de esas necesidades determinan el modo de ser mental.  La falta de una solución adecuada de los conflictos entre las fuerzas biológicas y fuerzas sociales llevaría a la angustia neurótica que está en la base de toda enfermedad mental.
  • La corriente conductista afirma que el modo de ser y comportarse es consecuencia de las experiencias vitales que van dejando su huella en la personalidad, de modo que ésta puede ser normal o patológica. Para los partidarios de esta corriente la enfermedad mental es un fallo en el adecuado aprendizaje de las habilidades y actitudes sociales que son necesarias para que el individuo logre un eficaz desenvolvimiento en el grupo al que pertenece.
  • La corriente psicosocial o sociológica afirma que el modo de funcionar psicológico depende de la influencia del ambiente. Si esa influencia es buena, produce sujetos sanos; si es disfuncional, produce sujetos mentalmente enfermos. Así pues, la dinámica social es la que está enferma y contagia la enfermedad a sus miembros. Esto lo hace influyendo en el estilo de vida de sus individuos, estilo que puede ser sano o enfermo.
  • La corriente fenomenológica o humanista afirma que el ser humano está dotado de unas capacidades para configurar su propia manera de ser. Posee la capacidad de razonar para juzgar lo que es bueno para él, y dispone de una voluntad libre para escoger como desea ser y así autorrealizarse. Cada persona según las decisiones y elecciones de vida que tome acabará siendo una persona sana o enferma.

Todas estas concepciones teóricas del ser humano tienen aspectos correctos y erróneos. Esto ha llevado a que algunos autores, partiendo de las aportaciones de las anteriores teorías que se han comprobado correctas, hayan elaborar una concepción ecléctica del modo de ser humano. Se trata de una concepción pragmática que busca tener una guía para conocer con mayor profundidad el funcionamiento mental normal y patológico, y poder así ayudar a las personas concretas, y a la sociedad en general, a lograr mayores niveles de bienestar y felicidad.

1.5. Salud y enfermedad mental en la infancia

En los niños, como ya se señaló al inicio del capítulo, los criterios de normalidad y enfermedad mental difieren de los aplicados a adultos. Por esa razón, los niños enfermos son estudiados por especialistas en patología infantil.

Se distinguen tres tipos de criterios de normalidad en los niños: estadístico, social, adaptativo (Tabla 2).

Tabla 2. Criterios de normalidad en los niños
  • El criterio estadístico postula que un niño es normal cuando sus conductas corresponden a las más frecuentes en los niños de su misma edad. Para saber si es normal o patológica una determinada conducta basta comprobar si es, o no es, muy frecuente entre los niños de esa edad y contexto social.
  • El criterio social postula que la conducta de un niño es normal si los adultos de la sociedad a la que pertenece la consideran normal en un niño de esa edad. Este criterio establece modelos de conducta ideal para los niños de diferente edad, modelos con los que se ha de contrastar la conducta de los niños concretos cuando se ha de juzgar si es normal o no.
  • El criterio adaptativo postula que son sanos los niños socialmente bien adaptados. La adaptación viene a suponer que el niño y las personas que interactúan con él se sienten bien la mayor parte del tiempo, lo que equivale a decir que no tienen conflictos frecuentes causantes de sufrimiento.

Con base en estos criterios, Ross 1974 (conf. Del Barrio, 1984) afirmó que “una conducta infantil es patológica cuando se desvía de unas normas sociales discretas y ocurre con frecuencia e intensidad tales que los adultos que le rodean la consideran excesiva o insuficiente” (por ej. rabietas muy frecuentes, timidez muy intensa). Pero también se ha de tener en cuenta la duración de la conducta anómala (p. ej., el tiempo que lleva presentándose), pues, si fuera de corta duración, podría tratarse de un proceso no patológico, sino de adaptación a diversos cambios. El límite del tiempo de duración de una conducta extraña depende de cada tipo de conducta. Así por ejemplo, una conducta agresiva puede ser considerada patológica si dura más de 6 meses; la angustia de separación podría serlo si dura más de 2 semanas.

Otra interesante aportación para clarificar la distinción entre normalidad y patología en la infancia son los criterios de adaptación de Bower (1979),que tienen relación con las competencias que deben adquirir los niños en las diferentes etapas de su desarrollo: manejo de símbolos, aceptación de la autoridad, convivencia con los compañeros y regulación de las emociones (Tabla 3).

Tabla 3. Criterios de adaptación de Bower
  • Manejo de símbolos: un niño debe acceder al conocimiento y adecuado manejo de los símbolos de su cultura. Esos símbolos son el lenguaje hablado y escrito, las operaciones de cálculo y los modos de comportarse socialmente.
  • Aceptación de la autoridad: un niño debe ser capaz de aceptar las reglas y los castigos que se derivan de la trasgresión de aquellas. En esta área de competencia, los extremos patológicos son el sometimiento excesivo y la indisciplina habitual. Lo normal sería una flexibilidad adecuada para moverse con creatividad dentro de los márgenes que permite toda norma.
  • Convivir con los compañeros: el niño normal ha de saber desenvolverse con los niños de su edad sin dejar de ser él mismo. Ha de lograr pertenecer a su grupo y saber relacionarse con los demás miembros viviendo la regla de dar y recibir, que le servirá de entrenamiento para que en la vida adulta sepa vivir bien sus deberes y derechos sociales. En esta área de competencia, los extremos patológicos serían la excesiva sumisión y la violencia desproporcionada contra los demás.
  • Regulación de las emociones: el niño debe adquirir el control de su reactividad emocional a los estímulos del ambiente. Este control supone que el signo y la intensidad de sus respuestas emocionales sean congruentes con los estímulos que las producen y a la edad del niño. En esta área de competencia, los extremos patológicos son la excesiva emotividad y la frialdad emocional.

Cualquier tipo de trastorno psíquico infantil podrá afectar a una o varias de estas áreas de competencia. La gravedad del trastorno se medirá por la intensidad de la afectación.

Los trastornos más frecuentes en la infancia son, en orden descendente, los miedos, la inquietud psicomotriz y los problemas del sueño. En la infancia los trastornos más frecuentes son los reactivos a los cambios vitales, por lo que son autolimitados;  suelen desaparecer espontáneamente con el paso del tiempo, sobre todo en las niñas, en las que la tasa de remisión llega a ser de dos tercios de los casos.

Según la edad, en los niños menores de 6 años son frecuentes los trastornos leves, aunque entre un 25% y un 50% de niños normales pueden presentar algunas de esas perturbaciones. De los 6 a los 12 años, la frecuencia de estos trastornos desciende mucho y solo los presentan un 12-19%. Los trastornos que aparecen en este rango de edad suelen ser más resistentes al tratamiento psico-educativo, y tienden, por tanto, a ser más duraderos. Resumiendo, se puede concluir que en los niños menores de 6 años son muy frecuentes los trastornos menores pero con un buen pronóstico, mientras que los niños mayores de 6 años tienen pocos trastornos aunque de peor pronóstico.

En la adolescencia la frecuencia de los trastornos psicológicos vuelve a subir, pero con unas características propias de la edad. Por eso, muchos de ellos desaparecen al entrar en la vida adulta, por lo que se pueden considerar como característicos del proceso de adaptación a un cambio físico y psicológico importante. La prevalencia de problemas mentales en la adolescencia se sitúa entre 16%-25%, siendo la ansiedad y la depresión los más frecuentes.

Según el sexo, los niños tienen en casi todas las edades más trastornos psíquicos que las niñas (11% por 7%). Los retrasos y dificultades en el aprendizaje afectan más a los niños que a las niñas. Los problemas de personalidad (desequilibrio emocional) son más frecuentes en los niños hasta los 8 años, pero, a partir de esa edad, suelen darse más en las niñas

Los trastornos más frecuentes en los niños son: demanda de atención, hiperactividad, rabietas, mentiras. Los de las niñas son: miedo, timidez y tristeza. En general, los niños tienen más trastornos de conducta y las niñas más trastornos de personalidad. A los niños les cuesta más que a las niñas adaptarse a los cambios; por eso, sus trastornos psíquicos se dan más en los periodos de cambio hasta que se adaptan.

Con respecto a la relación entre sufrir los trastornos psíquicos de la infancia y padecer enfermedades psíquicas de la vida adulta, se ha observado que los adultos con patología mental han tenido con más frecuencia trastornos psíquicos en la infancia. Así pues, tiene gran relevancia conocer cuál es la evolución de los trastornos infantiles concretos para prever su pronóstico y realizar un tratamiento intensivo durante la infancia de aquellos relacionados con patología psíquica en la vida adulta.

Los trastornos de la infancia que se relacionan menos con patología mental en el adulto son: tics, miedos, inquietud psicomotriz, rabietas, hipersensibilidad emocional, defectos del lenguaje, timidez. La mayoría tienen una base emocional que permite la reeducación orientada a la curación.

Los trastornos de la infancia que tienden a perdurar en la vida adulta son: los problemas graves de aprendizaje, la mitad de los casos de hiperactividad, los síntomas psicóticos, las conductas antisociales extremas y los trastornos del espectro del autismo. En la mayoría de esos casos subyace una alteración biológica cerebral incurable.