Temperamento, carácter y personalidad
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Temperamento, carácter y personalidad

Feb 19, 2016 Dr. Fernando Sarráis
Temperamento, carácter y personalidad
Temperamento, carácter y personalidad

Autor: Fernando Sarráis
ISBN: 978-84-8469-337-6
Editorial: EIUNSA
Año: 2016
Páginas: 449
Precio: 30,00 €

Muestra de contenido

ÍNDICE

1. Introducción

2. Concepto de personalidad, temperamento, carácter, rasgo, dimensión, factor

3. Historia de la psicología de la personalidad

3.1. Historia antigua

3.2. Historia de la psicología científica de la personalidad

4. Personalidad sana, normal, madura, feliz

5. Personalidad patológica y trastornos de la personalidad

6. Raíces psicológicas de la personalidad madura e inmadura

7. Epílogo

8. Bibliografía

Introducción

Cuando describen su forma de ser, la mayoría de las personas enumeran algunas pocas características de su modo de sentir, pensar y actuar; y, con frecuencia, lo hacen con una sola característica especialmente intensa y generalmente positiva: a nadie le gusta presentarse de modo negativo. Dicen, por ejemplo: “soy alegre, optimista, extrovertido, apasionado, imaginativo, sentimental”. Se trata de modos de ser positivos, con los que se busca dar una buena impresión de sí mismo.

Por el contrario, los espectadores, a veces por afán de sentirse mejores que los demás, tienden a percibir de modo negativo la manera de ser de los otros. Esta actitud negativa les lleva a fijarse de modo preferente en sus conductas negativas y a hacer inferencias negativas de las intenciones que les mueven. Esta distorsión negativa de la percepción de los demás es más intensa cuando más rechazo afectivo se siente por la persona observada, pero pasa a ser una distorsión positiva cuando se siente amor por ella. Así pues, se debe tener en cuenta el importante efecto que el signo del afecto que se siente por uno mismo y por los demás ejerce sobre la percepción de la personalidad de uno mismo y de los otros. Por esta razón, si se quiere lograr una percepción veraz de la personalidad, es obligado hacer un análisis del afecto que se tiene por la persona estudiada y corregir la posible distorsión perceptiva que ese afecto causa.

Analizando el conjunto de características con las que describimos la propia personalidad y la de los demás, se puede concluir que cada individuo posee una personalidad propia, diferente de la de los demás. Pero, también, al comparar entre sí las diferentes personalidades, podemos establecer ciertas semejanzas entre ellas y agruparlas en un reducido número de tipos o categorías. Esta distribución de las personas según tipos de personalidad viene de antiguo y son muchos los autores que han elaborado su propia tipología. Algunas de ellas han alcanzado notable difusión, como veremos en los capítulos siguientes.

El afán de clasificar a las personas según su manera de ser tiene que ver con la necesidad de conocer al interlocutor rápida y profundamente, y así saber si es una persona fiable o peligrosa; o buena pareja para el matrimonio; o buen trabajador para el propio negocio, o buen socio para la empresa. Ayuda también a saber cómo comportarse ante él, para lograr una buena relación interpersonal y evitar los conflictos que son dolorosos para las dos partes. En el caso de los profesionales de la salud, este conocimiento es útil para saber si el problema físico o mental que sufre tiene que ver con un modo de ser, que, al impulsar una determinada manera de vivir, puede ser patológico en sí mismo y perjudica su salud.

La experiencia cotidiana muestra que todos analizamos la manera de ser de los demás con el deseo de obtener un esquema mental de su personalidad, que iremos retocando con informaciones posteriores. El esquema resultante orienta nuestro modo de tratar a ese individuo para tener con él una interacción positiva. Además, cada persona es consciente de ser estudiado por los demás que quieren conocer su personalidad. Por ser esta algo íntimo y personal, el trato con gente desconocida puede resultar incómodo por el temor a ser juzgados negativamente, y producir un cierto grado de timidez, vergüenza y hasta ansiedad social. Sentirse estudiado por los otros da razón de la tendencia a ofrecerles una apariencia favorable, incluso falseada, de uno mismo; es lo que recoge el dicho: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Como saben los iniciados en psicología, el ser humano siente la necesidad de formar patrones mentales de la realidad que le rodea, a fin de orientar su conducta en el mundo de las relaciones interpersonales y en otros campos del comportamiento humano. Esos patrones tienen una función de orientación parecida a los mapas geográficos. Hay incluso una teoría psicológica que se conoce como “la teoría de los mapas cognitivos”, que trata de explicar este aspecto de la mente humana. Uno de los precursores de esta corriente psicológica fue George Kelly, el cual elaboró, a mediados del siglo XX, un modelo de personalidad que denominó teoría de los constructos personales, entendiendo por constructos los esquemas mentales que cada persona construye sobre sí misma, sobre los demás y el mundo, que le ayudan a comportarse adecuadamente.

La distinción de los tipos de personalidad se basa en algunas de sus características más marcadas, a las que diferentes autores denominan “dimensiones principales”, “factores de primer orden”, o “rasgos básicos”. Son como etiquetas bajo las que se agrupan otras características menos salientes, consideradas como secundarias o de segundo orden. Así resulta un orden jerárquico en la clasificación: tipo de personalidad, rasgos básicos de cada tipo, rasgos secundarios de cada rasgo básico. Esta organización de la personalidad ha hecho que algunos autores se refieran a ella como a una “estructura” (la estructura de la personalidad), término importado de la construcción de edificios. Usaremos esta misma analogía más adelante para seguir explicando la personalidad.

El modo de proceder de los expertos (de agrupar y sintetizar), tiene su base en el modo natural de funcionar del pensamiento humano, que va del análisis de los elementos a su síntesis ordenada. Esta manera de funcionar del pensamiento queda reflejada en el lenguaje usual cuando calificamos a las personas con un adjetivo que las describe muy bien y que es una síntesis conceptual de un racimo de características personales deducidas de su manera de comportarse, hablar y gesticular. Y así decimos de una persona que es perfeccionista, pesimista, obsesiva, desconfiada, temerosa, acomplejada, vergonzosa, tímida, celosa, amargada, narcisista, suspicaz, envidiosa, nerviosa, impulsiva, en su versión negativa; o, en su versión positiva, que es una persona optimista, buenaza, tranquila, honrada, trabajadora, auténtica, divertida, sociable, leal, discreta.

Cuando en la personalidad de un individuo dominan los rasgos positivos, se le considera como una “persona con carácter o con personalidad”. En cada sociedad es el conjunto de los rasgos considerados valiosos el que adorna el carácter de los héroes de las obras literarias y de las películas, y el que conforma el estereotipo de personalidad modélica, que se usará como patrón en la educación de los jóvenes.

Muchos de los rasgos valiosos son comunes a las diferentes culturas y sociedades, y perduran de generación en generación, pues su valor deriva de satisfacer tendencias básicas de la naturaleza humana: coherencia, nobleza, altruismo, sinceridad, sencillez, laboriosidad, creatividad, lealtad, valentía, decisión. Hay algunos rasgos valiosos cuya estimación varía según los tiempos y los lugares: se trata de elementos más superficiales del modo de ser de las personas y menos decisivos en el desarrollo normal de la personalidad. Esto ocurre con ciertos patrones de conducta propios de la virilidad o feminidad; de las normas de cortesía o educación social; y de los estilos de vida.

Otra razón del interés por conocer la personalidad de las personas es su relación con la salud física y mental. La personalidad influye en la actitud ante la vida, en la resonancia afectiva de los eventos, y determina el modo habitual del comportamiento, que puede ser sano o patológico.

Las enfermedades físicas que más se relacionan con la personalidad son las que tienen que ver con una manera de vivir estresada o, lo que es lo mismo, con un elevado nivel de ansiedad, que provoca cambios fisiológicos en los diversos sistemas orgánicos: musculo-esquelético, cardiovascular, digestivo, dermatológico. En cada persona, esos cambios suelen darse preferentemente solo en uno o dos de ellos. Con el tiempo esos cambios fisiológicos pueden dañar el normal funcionamiento de esos sistemas y dar lugar a las enfermedades psicosomáticas o trastornos por somatización como, por ejemplo, cefaleas, gastritis, colon irritable, pruritos, alopecias, hipertensión arterial, arritmias cardiacas, temblores, infecciones víricas, enfermedades autoinmunes, o los dolores crónicos, incluida la fibromialgia tan de moda en estos años.

Las enfermedades psiquiátricas más frecuentes relacionadas con un desarrollo defectuoso de la personalidad son las enfermedades que antes se llamaban “neuróticas”, y que hoy denominamos “trastornos de ansiedad”: fobias, ansiedad, depresión, histeria, hipocondría, obsesión. Los pacientes afectados eran considerados “neuróticos” porque tenían una personalidad con rasgos neuróticos, que se atribuían a un desequilibrio psicológico causado por el dominio de la afectividad sobre la razón y la voluntad. Los afectos habituales de estos sujetos al ser reactivos a los estímulos ambientales, y dado que el mundo no suele ser como se desea, tienen una tonalidad negativa (tristeza, ansiedad, miedo, preocupación, inseguridad) y son de gran intensidad por la ausencia del efecto moderador que ejerce la voluntad en las personas sanas. Hoy, a las personas con este desequilibrio psicológico no se les llama neuróticas sino inmaduras, pues el término neurótico se ha cargado de connotaciones peyorativas en el lenguaje ordinario. Más adelante se explicarán con detalle las características de la inmadurez y la madurez de la personalidad.

El término “neurótico” fue acuñado por el médico escocés William Cullen en 1769, para referirse a los trastornos sensoriales y motores causados por enfermedades del sistema nervioso. En la psicología clínica este término se ha empleado para designar los trastornos mentales que producen un modo negativo de sentir, percibir, pensar y comportarse. Uno de los primeros en difundir este término fue Pierre Janet que en 1909 publicó un libro titulado “Las neurosis”, donde explicaba que las enfermedades funcionales eran enfermedades físicas que no tenían una causa orgánica, sino psicológica. Estas enfermedades con el tiempo pasaron a llamarse enfermedades psicosomáticas, y en la actualidad las conocemos como trastornos por somatización. Sigmund Freud y sus seguidores difundieron el término “neurosis” durante el siglo XX para referirse a las enfermedades mentales que tienen como síntoma común la angustia.

La mayoría de los investigadores de la personalidad que se agrupan bajo el epígrafe “teóricos factorialistas”, llamados así porque usan el método estadístico del análisis factorial para identificar los factores o rasgos básicos de la personalidad, consideran que uno de ellos es el neuroticismo. Este tendría una base biológica, genéticamente heredada, y estaría formado por otros factores secundarios, todos ellos de una cualidad negativa, como son: angustia, sentimiento de inferioridad, inseguridad, tristeza, ira, sentimiento de culpa, miedo, desconfianza; que, con una intensidad elevada, aparecerían en todos los trastornos neuróticos que acabamos de citar.

La relación entre personalidad y enfermedad es bidireccional. Acabamos de comentar la mayor incidencia de algunas enfermedades físicas y mentales en personalidades patológicas (neuróticas). Pero también es verdad que las enfermedades físicas y mentales de larga evolución pueden producir cambios en la personalidad. La mayoría de las veces, estos cambios van en la dirección de afectarla negativamente, tanto por el menoscabo de la autoestima y seguridad personal que producen, como por la pérdida de hábitos de normalidad cuando impiden vivir una vida normal.

La influencia negativa de las enfermedades sobre la personalidad se correlaciona con la gravedad, duración e inicio temprano de esos trastornos. En algunos casos, si el intenso y prolongado sufrimiento que producen algunas enfermedades crónicas se lleva con aceptación, produce efectos muy positivos sobre la personalidad, al aumentar la tolerancia a la frustración y mejorar la jerarquía de valores en la mente del paciente. La aceptación consiste en evitar las emociones negativas asociadas al sufrimiento como son la frustración, ira, tristeza, pena, o, al menos, en atenuar su intensidad.

En la vida ordinaria se pueden observar niños y jóvenes que tienen una manera de ser especial, distinta de la de la mayoría, que es motivo de intenso y continuo sufrimiento para ellos mismos y para los demás. En estos casos, y con la finalidad de vivir lo que dice el adagio “más vale prevenir que curar”, interesa hacer un estudio profundo de su personalidad, para poner el remedio oportuno y evitar el sufrimiento ya presente y los problemas de salud que puedan derivarse en la vida adulta. En los últimos años se ha avanzado bastante en este objetivo, pues en los colegios se han creado departamentos de Psicopedagogía y en el sistema de salud se ha introducido la especialidad de psiquiatría infantil y se han abierto gabinetes psicológicos para niños. También se han publicado muchos libros de ayuda para la educación de la personalidad en los niños y para alertar sobre los errores educativos más frecuentes que contribuyen al desarrollo de personalidades vulnerables y patológicas. Una de las finalidades de este libro es contribuir a esa tarea de prevención de los trastornos de la personalidad dando pistas para su detección temprana y para la orientación de los formadores en su misión de educar individuos con personalidad sana, normal y feliz.

Terminamos esta introducción con una breve descripción de la situación de la psicología de la personalidad dentro de la psicología actual. Algunos psicólogos consideran que la psicología de la personalidad está en la cumbre de la pirámide que forman las diferentes ramas de la psicología, pues estiman que, para poder entender y explicar el funcionamiento de una persona, hay que conocer antes cómo es el funcionamiento normal y patológico de cada uno de los elementos constitutivos de su psiquismo, que son estudiados por las distintas ramas de la psicología: sensación, percepción, imaginación, memoria, afectividad, motivación, conocimiento, aprendizaje y conducta.

Los investigadores de la psicología de la personalidad han tratado de conocer sus semejanzas y diferencias, esto es, los rasgos comunes o básicos de todas las personas y los rasgos específicos que diferencian a las personas por su sexo, raza, edad y cultura; han estudiado también como se relacionan los rasgos entre sí según su cualidad positiva o negativa; y han tratado de explicar cómo se origina y se desarrolla la personalidad, cómo cambia con el tiempo y cómo se puede modificar cuando es defectuosa o patológica. Para su investigación se han basado en el estudio de la personalidad de un gran número de sujetos mediante diferentes métodos de observación interna (o introspección) y externa, y han aplicado técnicas cualitativas y cuantitativas. Como el ser humano es el más complejo de la creación, hasta ahora se han logrado descubrimientos sólo parciales de todo lo anterior: eso ha obligado a los investigadores a elaborar teorías explicativas de la personalidad, que, inevitablemente, son parciales.

En general, las teorías de la personalidad tratan de explicar porqué un individuo es como es y porqué es diferente de los demás. Muchas de esas teorías, al resaltar un aspecto explicativo concreto, minusvaloran otros factores causales. En consecuencia, hay teorías para las que el origen de la personalidad está en la biología (la genética, la fisiología cerebral, la constitución física); para otras el origen está en los procesos mentales o cognitivos (inteligencia y voluntad) que llevan a realizar determinadas actuaciones, con lo que crean hábitos y modos de ser; y para otras, finalmente, que ven la personalidad como un producto de los estímulos ambientales que provocan ciertas respuestas en los sujetos, de modo que, con el tiempo, esa relación entre estímulos y respuestas se aprende y determina la manera de comportarse de cada sujeto.

Algunos autores, ante la gran variedad de teorías parciales, se inclinan por una teórica ecléctica, que consiste en una síntesis de las afirmaciones aportadas por los creadores de las teorías existentes y que son consideradas ciertas por la mayoría de ellos. Se trata de una síntesis, a modo de “collage”, de finalidad práctica, que atribuye el origen de la personalidad a la interacción de los factores biológicos, cognitivos y ambientales. Y, aunque explica un notable número de los aspectos del comportamiento humano y de las diferencias interindividuales, no se la puede considerar como una teoría global de la personalidad.

La diversidad de modelos teóricos de la personalidad ha hecho también que, en los años finales del siglo XX y en el comienzo del XXI, haya cundido entre los investigadores un desánimo bastante generalizado sobre la posibilidad de elaborar una teoría general de la personalidad. Y han preferido centrar su interés en conocer y medir algunas características particulares de la personalidad para estudiar su relación con ciertos comportamientos, la mayoría dañinos para el sujeto (consumo de sustancias, conductas adictivas y de riesgo), o peligrosos para los demás (conducta violenta, delincuencia); y en la relación de esas características con ciertas enfermedades físicas y mentales. Algunas de las características más estudiadas son: búsqueda de sensaciones novedosas, evitación de daño, sensibilidad al castigo y a la recompensa, autoestima, impulsividad, hostilidad, tolerancia a la frustración y locus de control.

Por otra parte, en los últimos decenios, el estudio de los tipos de personalidad ha sido eclipsado por las investigaciones sobre psicología social, cuyo objeto es identificar y conocer los interesantes fenómenos psicológicos que se producen en los sujetos cuando se relacionan con otros, tales como la atracción, el amor, el altruismo, los prejuicios, los estereotipos, la persuasión, las primeras impresiones de los demás, la distancia interpersonal, la atribución de intenciones, la comunicación no verbal, la expresión facial de emociones, la inteligencia emocional, los celos, los estigmas, la violencia, los conflictos sociales, la cooperación, la competitividad, la tolerancia. El objetivo de la psicología social es mejorar la convivencia social, mientras que el de la psicología de la personalidad es mejorar primeramente la convivencia con uno mismo y solo secundariamente con los demás. Las investigaciones en estas dos ramas de la psicología son igualmente importantes y complementarias, por ello convendría revitalizar la investigación sobre la personalidad.

La inflación de teorías de la personalidad ha hecho que muchos textos sobre esta materia traten casi en exclusiva del aspecto teórico, por lo que su lectura y estudio resultan tediosos y dejan insatisfechos a los interesados en conocer mejor su propia personalidad y la de los demás. Son muchos los que hoy identifican la psicología de la personalidad con la exposición de las teorías sobre esta última, que tendría por objeto elaborar una descripción de los rasgos, factores o dimensiones básicos de la personalidad y postular como se relacionan entre sí para dar lugar a un reducido número de tipos de personalidad. Su aspecto práctico consistiría en clasificar a cada persona concreta en uno de esos tipos, con la finalidad de explicar y predecir su conducta en los diferentes campos de su actividad. A consecuencia de este esfuerzo clasificador de los individuos en unos pocos tipos diferentes de personalidad, se ha ido desdibujando el interés por conocer los elementos básicos del funcionamiento humano normal y su interrelación en cada una de las personas. Sólo los seguidores de la teoría humanista (Allport, Rogers, Maslow, Frankl, Kelly, Binswanger) se han centrado en este objetivo; sus explicaciones han tenido una amplia aceptación entre la gente corriente, pero escasa en el ambiente académico, principalmente porque sus postulados presentan dificultades de concreción para la investigación experimental.

A pesar de la falta de un acuerdo universal sobre qué es y cómo funciona la personalidad, hay, sin embargo, acuerdo unánime en la idea de que cada persona tiene una manera de ser, una personalidad propia, que contribuye de modo significativo al éxito, a la felicidad y a la satisfacción de su vida. De esa relación entre personalidad y felicidad surge la importancia de ayudar a todos a desarrollar bien la propia personalidad o también a corregir lo antes posible los posibles defectos de ese desarrollo. Este libro quiere poner su grano de arena en esta noble tarea.

7. Epílogo

“Solo se vive una vez”. En la única vida que tenemos, podemos hace el bien y sentirnos bien,  o, por el contrario, hacer el mal y sentirnos mal. Si hacemos el bien, habitual y libremente, tenemos muchas posibilidades de vivir una vida feliz. Y, siendo felices, podremos trasmitir felicidad y enseñar a los demás a ser felices.

Hacer el bien es más costoso que hacer el mal, y requiere, junto a una buena formación de la conciencia, que es la que juzga sobre lo bueno y lo malo, una voluntad fuerte, que pueda superar la resistencia de la afectividad tendente siempre a rechazar lo que cuesta.

Así pues, el buen comportamiento es consecuencia de tener una buena personalidad, lo que supone un equilibrio o armonía entre cabeza y corazón, es decir, entre inteligencia y voluntad, por una parte, y afectividad, por otra. La razón necesita conocer el bien, esto es, lo que es bueno, hermoso y verdadero. También la voluntad necesita amar ese bien. Y la afectividad necesita sentirse bien y no sentirse mal. Lograr el equilibrio entre estas tres facultades es lograr una personalidad madura y sana. Fracasar en ese objetivo implica una personalidad inmadura y patológica. Lograr una personalidad madura es consecuencia de una lucha que, aunque dura toda la vida, tiene una importancia especial no rehuirla durante la infancia y la adolescencia, que es el tiempo de poner los fundamentos de la personalidad y, por fortuna, la época en que el aprendizaje es más fácil, rápido y profundo.

Como la mayoría de los aprendizajes, desarrollar una personalidad madura y sana requiere tener a la vista y habitualmente buenos modelos que imitar, que estimulen y alienten a luchar por lograr ese objetivo de modo perseverante y al unísono por parte de todos los educadores.

En años recientes se han producido rápidos y profundos cambios en los modelos de vida y en las normas sociales, que han influido notablemente en los patrones educativos. No pocos de esos cambios han sido buenos, pero otros no lo han sido tanto. Una de tales consecuencias negativas ha sido el descuido de la educación de la personalidad, que ha provocado un sensible aumento de los trastornos de la personalidad y del número de personas inmaduras o infantiles. La personalidad inmadura se acompaña de un mayor riesgo de sufrir trastornos mentales del espectro de la ansiedad, de depresiones y de conductas patológicas (violencia, adicciones), en virtud de su baja tolerancia a la frustración, que hace a los individuos frágiles y vulnerables al estrés. La baja tolerancia a la frustración supone una debilidad psicológica ante lo que hace sufrir, al tiempo que provoca intensas emociones negativas (ira, tristeza, miedo), que influyen negativamente en el resto de las funciones psíquicas e impulsan a realizar conductas negativas (violencia, cobardía, inhibición), que son seguidas de otros sentimientos negativos (sentimiento de culpa). Se crea así un círculo vicioso de negatividad, que suele acabar en la depresión.

El objetivo principal de este libro es alertar de la importancia de la personalidad para ser feliz. Un segundo objetivo es ofrecer un patrón de la personalidad sana y patológica, que permita constatar si las personas concretas van desarrollando su personalidad adecuadamente y sirva a los educadores para orientar a los jóvenes en la buena dirección, y a los terapeutas para que puedan ayudar a los adultos que se han desviado de la normalidad.